jueves, enero 29, 2009

"I can't care about anything but you, Greta Álvarez"

Yo no sé. Pero a la gente perdida en su desesperación le encanta difamar a lo que admiran. Y no vengo esta vez con la gallada y herramienta gastada de "me criticas porque me amas", o el "Hola, ódiame porque soy cool" o aún peor "Habla de mí, soy taaan famoso cuando lo haces" Fuck-off. No hablo de críticas. Las críticas no se critican: son puntos de vista que se aceptan o se apartan. Hablo de ataques injustificados llenos de mentira y hambre de desafiar lo que no se sabe como evitar alabar.

Desde que escribo y desde que probablemente tú me conoces, he sido víctima no de uno sino de cientos de ataques y difamaciones, cada uno con su correspondiente represalia legal, pero no es recapacitación lo que hoy vengo a sembrar. Perfiles, blogs, hackeos, teléfonos personales publicados, ataques a la propiedad privada, etc. Soy una sucedida especialista en el tema, por lo hoy que me permito afirmar: algunos vivimos para presidir, y hay otros de los que se puede prescindir... en la vida.

Esto pasa cuando los sin voz necesitan hacerse escuchar por mí. Y claro que volteo a verlos cuando me atacan de esta manera, los veo y me lamento: no porque mi carro esté con los vidrios rotos, no porque en internet me estés diciendo zorra, no porque publiques fotos mías alteradas, o porque recapacité. Sino porque me lamento por tu herida que ni porque hagas todo lo que quieras por lastimarme va a cerrar. Ni yo voy a cambiar porque tú decidiste acreditar tu desprestigio con mi nombre.

Y hoy es el grupo Puerto Ordaz que aún usa bufandas palestinas y lentes nü-ravers, ciudad de la UltraFabulosa problemática botada el primer dia de prueba, y que aún así luego de ruegos por su parte se le dio una segunda oportunidad… pero ya ven, tuvo que ser excluída y desterrada, ya saben por qué: yo no reciclo lo innecesario. Y hoy es ese amigo que nunca fue amigo pero pretendió ser amigo. Y hoy es el otro que me importó pero ya no me importa porque no debe importar. Y un par de adiposos diseñadores maracuchos con los que se pretendió simpatía por esas normas de buenas costumbres que uno mantiene hasta que te das cuenta que no tiene caso cuando tratas con devoradores de todo, hasta de la paciencia. Hoy es este grupo de no más de 15 veinteañeros del interior (o recién llegados), conectados por deseo de venganza a no sé qué, que pasan las 24 horas con chismes, con perfiles, con los ataques hacia mí, y hasta a mis más cercanos amigos.
Es a este grupo a quienes no les mando a construirse una vida porque el primer paso es aprender cómo, y yo paciencia no tengo tanta.


A uno le escribí las siguientes líneas, hace unos minutos.
Pero como no tengo ni ánimo ni tiempo de hacérsela llegar personalmente a los otros, se las dejo acá. En este blog de culto para el grupo del yo sé y para ellos, los del espacio vacío en la mente:


Hay vergüenza por la derrota. Sí la tienen. Sí la tienes. Pero yo en tu caso dejaría esto a un lado para enfocarme en tener vergüenza por la inepta mentalidad bucólica y el fracaso reiterante que los persigue. Que te persigue.


En ningún momento les he atacado, ni ofendido y si bien podría hacerlo no me interesan de ningún modo porque: honestamente no los conozco, ni deseo hacerlo. Porque no tengo tiempo para desperdiciar ofendiendo directamente a personas perdidas en la miseria de su falta de dignidad. Y porque para mí son sencillamente unos más del montón de una sátira cómica pero gastada, triste y decadente.


Que sean vagos, pueblerinos, indestacables, opacos, mudos, sombreados o modernísimos, a mí me tiene sin cuidado, porque el sabor inevitable al anónimo cobarde -que aunque dé su nombre y su cara siempre será anónima e insignificante para mí y para muchos- me quita las ganas de acercarme, así sea para darles lecciones de vida, el augurio está en ti, no en mí. Lo siento.
Y hoy te escribo, sí lo hago, porque alquilaste el título de difamador por horas. Porque el truco cliché de crear fake profiles en facebook aprovechando un indiscutible reluciente tiempo libre con el fin de ofenderme me agota, me fastidia .
Porque no puedes sumar con las manos la cantidad de veces que dices Greta en un día para luego negar la importancia merecida pero mal aprovecha que me das.
Obsesivos, fracasados y personas sin sentido común abundan en este mundo… en el que no me canso de decir, está venido a menos.
Borrar el perfil, crear 500 más, inventar cuentos, analizar mi existencia sin entender la tuya, vivir por y para mí, no te alejará de desconocer tu historia, esa misma que estas condenado a vivir. Estás en tu mundo, en donde no hay aprendices sino maestros que difamas porque no los entiendes. Porque crear una identidad es una actividad gratuita que con dedicarte a causarme mal no vas a lograr tener.

Sí, insúltame.
Atácame todo lo que quieras.
No hables de envidia habla de odio.
Vive tu realidad.
Esa realidad donde no hay pérdida.
Realidad en donde nunca fuiste nada.
Realidad que aún estás a tiempo de transformar.
Siempre hay tiempo.
Como lo veas.


Let it be.

Greta Álvarez.

sábado, enero 17, 2009

Clase de Protocolo I: Saluda al enemigo.



Estaba pensado, si yo creyera en Dios, los apóstoles y demás innegablemente interesantes cuentos, podría empezar a actualizar el Nuevo Testamento. Quizás un nombre tan poco original pero divertido como Neo-Testamento sería el Hit. Porque Nü-Testamento suena cutremente chocante.

De cualquier manera, lo primero que actualizaría sería esta enseñanza de Dios de dar la otra mejilla si alguien te cachetea.
Por cierto, sé que este comentario es fuera de lugar pero yo podría matar a alguien que me toque la cara.

Ajá. El cambio sería así:


SALUDA AL ENEMIGO.

Saludar a la persona que consideras detestable no te hace inmediatamente hipócrita sino políticamente correcto.

Entre todo lo zorramente ególatra que puedo llegar a ser, me considero una persona sabiamente poco tolerante. Desecho del valioso y reducido círculo de mis amistades a quien descubro no vale la pena. Es como una nada piadosa exfoliación de personas no gratas que prefiero que no estén vinculadas con mi exisitencia.
No sólo las borro del Facebook, iChat, y del celular sino principalmente de mi vida. Las aparto cuando descubro que no son más que seres oportunistas que no tienen más que ofrecerme que interés, su propio, vacío e insustancial interés. Los aparto cuando sé que no son confiables sino enemistosos seres falaces que, como verán, no es sano tenerlos cerca. No tan cerca. So, sin paliativos, así, los desecho.
Que se queden por el mundo dando lástima y reproduciendo lo que alguna vez hiciste con ellos o intentando inutilmente ser un duplicado de tu identidad es otro cuento. Es más, este es otro cuento, así que a lo que vamos:

SALUDA AL ENEMIGO. La clave de la educación.

Pienso que las peleas que hacen ruido son cutres.
Que torcerle los ojos a alguien en una fiesta es de bloques marginales.
Que caer en un juego de dimes y diretes en tan insensato como infantil
Considero que te hace lucir más agradable saludar a alguien con un ¿Hola, Qué tal? que gritarle: Prefiero verte muert@.
Primero porque los deseos no se comparten con cualquiera y segundo, no es de buena educación atacar de esa forma a alguien. Sea quien sea. Sería perder la clase, y yo primero pierdo la cordura.

Si te saludo e incluso sabes que no me caes bien o eres uno de mis desechados, no es un autoengaño que me estoy haciendo. No tengo intenciones ocultas más que el buen comportamiento.

Pero eso sí, deben asegurarse de que no pase de un saludo y quizás de una insulsa conversación. Llevarlo a otros niveles es cruzar la línea que, como he dado a entender, separa a la educación de la hipocresía.

Así que no se preocupen al saludar al estúpido que habla mal de ti las 24 horas del día. Porque hay algo que te diferencia de él: distinción, elegancia y educación.

Aprovecha esta saludable y gratuita clase de protocolo y mientras soportas la copa de martini en una fiesta, saluda al enemigo, porque desglosando a Oscar Wilde "...no hay nada que le moleste más".


Greta.



p.d: Cuando los niveles de desprecio y desagrado son mayores, y siempre que no se vea forzado ni de mal gusto, ignorar es una opción, pero de la que no debes abusar.